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INMORTALIDAD DEL ALMA.

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INMORTALIDAD DEL ALMA.

DESDE ESTA ESQUINA.

MELITON GUEVARA CASTILLO.

 

 

INMORTALIDAD DEL ALMA.

 

Todos, invariablemente todos, hemos ido a un cementerio. Es casi imposible la afirmación en contrario; y es que, tarde o temprano, tenemos conocimiento de la muerte y –como bien se dice-, nos cae el veinte de que algún vamos a morir. Sin embargo, la realidad es que todos pensamos que vamos a vivir mucho, no nos queremos morir y damos gracias al Creador cada día que nos permite vivir.

 

La realidad, sin embargo, ahí está, presente, para recordarnos que así como nacemos un día vamos a morir. En vida acompañamos al panteón a familiares y amigos que fallecen; luego, en el día de Muertos, también vamos al cementerio a dejar flores a los seres queridos que han fallecidos. Vamos porque los recordamos: porque los quisimos y dejaron, en nuestro ser, una honda huella: viven en nuestro recuerdo.

 

NOS VEMOS EN EL PANTEON.

Algo está sucediendo en las familias. Ante la proximidad del Día de los Muertos, que se festeja con los altares de muertos, vienen a mi mente dos imágenes: 1) Hace tiempo ahí en el panteón del cero Morelos, me dijo un tío: “hijo, ya solo nos vemos cuando alguien se muere”. Sucede así porque en buen número de familias al paso del tiempo se va dando una desintegración, unos se van a vivir a otros lugares; otros, se dejan llevar por las frivolidades de la vida y ya no hay, como antes, las reuniones familiares.

 

La otra imagen la proporciona el administrador del panteón municipal al sentenciar que el 30% de las tumbas están abandonadas. ¿Cómo debe, en serio, uno calificar esta situación? ¿Significa que, ese 30% de personas ahí sepultadas, ya no están en el recuerdo, en el ánimo, de sus familiares. ¡Los olvidaron! Como explicar, justificar, esta realidad. Y solo tengo una respuesta: El recuerdo de quien fallece no es duradero en la mente, el corazón, de sus seres queridos.

 

COSECHAR LO QUE SE SIEMBRA.

Una persona muere físicamente porque su corazón deja de latir. Pero no muere, digamos, en el corazón de quienes recibieron su cariño, su amor, su protección y apoyo. Recordamos a quienes nos amaron y amamos: por eso, el 1 y 2 de noviembre, los panteones se llenan de familias enteras, que van a dejar ofrendas, que limpian lapidas y sepulturas. No puedo olvidar la imagen que viví en Tula hace un par de años: en algunas tumbas el dolor se conjugaba con la música, la cerveza y el tequila.

 

Y hay personas que, la verdad, difícilmente se pueden olvidar. En mi familia, la directa, gracias al Creador no falta nadie, tengo a mis padres, a mis hermanos, pero ya no a mis abuelos por ninguna línea. Y en mi familia política, veo como a mi suegro José García Balleza (+) sus hijos lo recuerdan, casi lo veneran, y ahí están en su tumba en el aniversario de su fallecimiento, de su cumpleaños, del día del padre… o, van ahí, cuando el recuerdo y el corazón se los dicta.

¿ESTAMOS PREPARADOS PARA MORIR?

No. No estamos preparados para morir porque nadie quiere morir. Quienes profesamos una fe religiosa, que se entiende que hay un bien un mal; que hay pecados y arrepentimiento, leemos en la biblia que morir es llegar a una nueva vida, para ser estar cerca del Creador. Y, sin embargo, pese a ese conocimiento, cuando alguien fallece, lloramos su partida y nos consuela la certeza de que va a una mejor vida y, decimos con fuerza… solo se nos adelantó en el viaje.

 

La preparación para la muerte tiene solo una exigencia o demanda: ordenar los actos de la vida, hacer congruentes nuestros actos con la fe; tener en nuestro corazón la paz y tranquilidad que proporciona una conciencia en orden. Perdonar, a quienes nos han ofendido, es parte de eso. Un día mama me dijo: el día que platique con tu tío, llorando me pidió perdón, que había sido violento, grosero y bravucón con muchos… sentí que descanse, me dijo. Tú lo conociste muy bien.

 

¿NO VALE NADA LA VIDA?

Sentimiento y dolor hacen que, de vez en cuando, o en ciertas circunstancias, recordemos las palabras de José Alfredo Jiménez: ¡La vida no vale nada! Pero está equivocado, la vida si vale: vale disfrutar a nuestros padres, a nuestros hijos, el amor del matrimonio, de familiares y amigos. La sonrisa y travesuras de hijos o de nietos, la felicidad reflejada en el ser amado o de cuando tus padres, o tíos, te ven y te sonríen, preguntando: ¿Cómo estás? Es la inmortalidad del alma.

 

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